UN NOSOTROS CADA VEZ MAYOR

Hno. Darlei Zanón, SSP*

En su mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado de este año (celebrada mundialmente el 26 de septiembre), el Papa Francisco propone una reflexión sobre el tema “Hacia un nosotros cada vez más grandes”, en sintonía con la encíclica Fratelli tutti.

Para ayudarnos a profundizar en el tema, el Papa también sugiere meditar sobre el texto bíblico tomado del libro del Apocalipsis 21,1-7, partiendo de las “visiones” de cara a la presentación de un mundo nuevo y diferente. En este mundo se realiza, a plenitud, la alianza entre Dios y la humanidad liberada por Cristo. La nueva Jerusalén es el símbolo que revela el cielo nuevo y la tierra nueva, libres de dominación, sufrimiento, dolor, violencia. Simboliza la presencia eterna de Dios en medio de la humanidad: Dios habitará con nosotros, pondrá su tienda, definitivamente, entre nosotros; y seremos su pueblo. Un nosotros cada vez más mayor y más unido. La Jerusalén celestial es, por tanto, el símbolo de la comunión definitiva del pueblo con su Dios.

La imagen de la tienda o morada es muy significativa, sobre todo si recordamos que el pueblo de Israel era un pueblo nómada, peregrino, migrante. La tienda es el punto de referencia, encuentro, protección, seguridad. Si Dios pone su tienda entre el pueblo, significa que lo acompaña, vive con él, no lo abandona. ¡Pensemos en la realidad de todos los migrantes y refugiados! Dios está en medio de ellos, los guía y los protege. Es Dios quien conduce a su pueblo peregrino hacia la tierra prometida, así como sigue conduciendo hoy a miles de migrantes hacia tierras de los sueños y la esperanza.

Es importante recordar que Apocalipsis no significa el fin del mundo ni un gran cataclismo como se suele pensar o como nos hacen imaginar las películas de Hollywood. Apocalipsis significa “revelación” y “descubrimiento”. El objetivo de Juan, autor de este libro, no es de asustar al pueblo, al contrario, busca llenarlo de esperanza, de la esperanza de que Cristo Resucitado venció el mal y nos acogerá en la Jerusalén celestial. Aunque en el mundo experimentemos dolor y sufrimiento, el mal no tiene la última palabra. Al final triunfará el poder de Dios y formaremos, definitivamente, un solo cuerpo, una sola comunidad de hermanos, un “nosotros” pleno, “un nosotros del tamaño de la humanidad”.

En su mensaje para esta Jornada de los Migrantes y Refugiados, el Papa Francisco nos recuerda el ideal de la nueva Jerusalén: “donde todos los pueblos se encuentran unidos, en paz y concordia, celebrando la bondad de Dios y las maravillas de la creación.”. Pero también nos advierte que “para alcanzar este ideal, debemos esforzarnos todos para derribar los muros que nos separan y construir puentes que favorezcan la cultura del encuentro, conscientes de la íntima interconexión que existe entre nosotros. En esta perspectiva, las migraciones contemporáneas nos brindan la oportunidad de superar nuestros miedos para dejarnos enriquecer por la diversidad del don de cada uno. Entonces, si lo queremos, podemos transformar las fronteras en lugares privilegiados de encuentro, donde puede florecer el milagro de un nosotros cada vez más grande”.

El primer “nosotros” que podemos considerar es la familia, tan importante como podemos constatar, de forma particular, en este momento de pandemia. La familia se ha convertido en el mayor refugio para quienes perdieron el trabajo, enfermaron, sufrieron… La familia, que es el núcleo base de la sociedad y de la Iglesia, parte de una unión, como recuerda el Papa en la cita de Gen 1,27-28: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó. Dios los bendijo; y les dijo Dios: «Sed fecundos y multiplicaos»”. Dios unió al hombre y la mujer para que superaran el yo, el individualismo, y dieran inicio al “nosotros”, la comunión, el compartir, la solidaridad.

El segundo paso en la constitución del “nosotros” que está en el corazón del mensaje del Papa para este año, es la unión de las familias con miras a la creación de un “pueblo”. Ese pueblo que el Señor escogió y reconcilió. Dios estableció su Alianza con el pueblo, con un “nosotros”, con una colectividad. Esto nos dice mucho. Y es precisamente a este pueblo al que alude el texto bíblico de referencia para el Día del Migrante y del Refugiado: “He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el “Dios con ellos” será su Dios” (Ap 21,3). El cielo nuevo y la tierra nueva, la Jerusalén celestial, da la bienvenida a un pueblo redimido, a una comunidad de creyentes, no a un grupo de individuos aislados. Acoge un “nosotros” y un “nosotros” cada vez mayor. Solamente como pueblo, como comunidad, como Iglesia, seremos salvos y recibidos en la Ciudad celestial.

El sacrificio de Cristo fue para redimir a la humanidad, a todos los hombres y mujeres, y no para un grupo privilegiado o unos pocos individuos especiales. Todos “nosotros”. Cristo ha resucitado “para que todos sean uno” (Jn 17,21). Por eso el Papa insiste tanto en la imagen del “único barco”. Estamos todos en un mismo barco, tratando juntos de hacer frente a las dificultades del delicado momento de la pandemia. Francisco enfatiza la necesidad de unidad en este momento agitado. Te invita a cambiar de mentalidad, eliminando la idea de “otro” y “extranjero”. Nos urge a formar “un nosotros cada vez mayor”, hasta que diferencia sea superada, se derriben todos los muros, se eliminen todos los límites. Francisco sueña con un mundo sin fronteras, un mundo hecho de puentes y encuentros, de acogida y abrazo, donde no haya división ni competencia. Sueña con la morada de Dios entre los hombres: “morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el “Dios con ellos” será su Dios” (Ap 21,3).

La Iglesia nació para concretizar el proyecto de Cristo de formar un solo cuerpo, “un nosotros cada vez mayor”. Esa es su misión: ser católica, es decir, universal, unir a toda la humanidad, ser en el mundo la imagen de la perfecta comunión expresada en la Santísima Trinidad. Promover la comunión es la vocación de la Iglesia y de ello debemos ser testimonio en el mundo de hoy. Una Iglesia que no sabe acoger al otro, al diferente, al migrante, al refugiado, al excluido … no es “Iglesia”. Podemos ser una asociación, una ONG, un grupo de amigos, pero no somos una Iglesia si no promovemos la comunión y la unidad en torno a Cristo y su Evangelio. Lo único “individual” a lo que estamos llamados es a la conversión personal, como punto de partida para asumir una nueva forma de ser humanos y de ser Iglesia.

 

*El hermano Darlei Zanón es un paulino brasileño, Consejero General.